"Los días parecen idénticos, pero el silencio nunca es el mismo"

Sergio Lizárraga



Sergio Lizárraga construyó una obra que dialoga con la mística, la memoria y el lenguaje en su dimensión más esencial. Escribir, para él, no es un acto de expresión sino de escucha. Esa convicción atraviesa cada respuesta de esta conversación, que transcurrió sin apuro, como corresponde a alguien que encontró en el silencio de un monasterio el clima propicio para escribir.


¿Qué significado tiene para vos el silencio, teniendo en cuenta tu amor por los templos?


La primera frase de la Regla de San Benito dice: "Escucha, hijo…". En esas dos palabras está la clave de la vida en un monasterio. El abad Edmundo Gómez afirma que los monjes hacen silencio porque son hijos y porque, en silencio, aprenden a ser buenos hijos. En un monasterio viven personas consagradas a Dios que, separándose del mundo, se acercan a todos para ser uno. En la distancia y en la soledad, el monje encuentra caminos de unidad: la oración, el trabajo, la Eucaristía.


Son muchos los motivos que me atraen de estos lugares. Los días parecen idénticos, pero el silencio nunca es el mismo, porque es un silencio vivo, amado, perseguido. Un silencio esponsal entre el monje y su Señor, por quien y junto a quien se aleja del mundo y cierra los labios para dejarse modelar. Me invaden muchas preguntas: ¿cuánta vida hay dentro de alguien que calla para hacer un camino? ¿Cuánto de lo que el silencio muestra se nos escapa a los que seguimos en un mundo que aturde y se aturde? ¿Por qué tanta gente teme a la soledad, y en una abadía la soledad es capaz de dar a luz? ¿Es en el silencio o en las palabras donde nace el saber?


Gómez dice también que el miedo al silencio es el miedo a estar desnudos. Y lo que a mí me interesa es escribir así, con desnudez. Tal vez como poeta siempre he buscado que mis versos se inicien en una escucha, para tomar de la palabra esas dimensiones que suelen escaparse de los ojos de quien vive muy a prisa.












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¿Cuánto de monasterio hay en tu producción?


Desde chico me atraen los monasterios, las abadías y los conventos. En uno de ellos encontré el refugio del silencio para escribir parte de mi primer libro, Poemas de Lodebar. Ese interés por la vida monacal está vinculado a la esencia de la poesía mística, que tanto disfruto leer y escribir.


Escribo por muchos motivos. La poesía indaga en los misterios, busca el encuentro con una revelación. En los monasterios, los monjes hacen de la lectura orante uno de sus pilares; se relacionan con la palabra a través de un eco rumiante. En mi producción hay mucho de ese rumiar: la intención de darle a la palabra la posibilidad de ingresar por la piel, por el oído. La poesía es mi manera de apartarme y acercarme. Jesús aparta y sana, devuelve la capacidad de escuchar. Un monje se aparta y abre sus oídos, y ese es un movimiento permanente en la vida de un poeta.


¿Qué valor le das al ayuno?


No se remite exclusivamente al plano religioso, pero no puedo evitar mencionar el valor del ayuno en la vida de quien tiene fe. En un monasterio, el ayuno es un acto de amor a Dios; ayuda a fortalecer la fidelidad hacia el camino en medio de un contexto cada vez más complejo. San Agustín decía que el ayuno disipa las tinieblas. Me parece una figura muy interesante, porque con las tinieblas debilitadas es más factible discernir, decidir, escuchar. No soy teólogo; corresponde la prudencia.


¿Y ayunar palabras?


Si ayunamos de palabras, nos despojamos de aquellas que no nos ayudan a decir, y cultivamos las que tienen los verdaderos sentidos, las palabras que tienen su voz.


¿En qué pryectos estás trabajando?


Colaboro con Fuga de Noticia, un medio independiente de Tucumán, a través de un espacio dedicado a compartir la poesía contemporánea de la provincia. Me interesa gestionar estos espacios; celebro los que ya están, pero siempre se necesitan más.


Sigo con mi trabajo de formador de formadores, asesorando a docentes de las áreas especiales y de la modalidad de Jóvenes y Adultos en Alfabetización Inicial. Y, por supuesto, no dejo de leer, escribir, estudiar.


¿Cuál fue el último libro de autor tucumano que leíste? ¿Y de autor no tucumano?


De autor no tucumano, El emperador de la alegría, de Ocean Vuong, un escritor vietnamita intrigante. Me atrae por las distintas luchas que inserta en el espacio de la memoria y por el lugar que le otorga a su identidad, tan cercana a los procesos migratorios.


De autora tucumana, Nostalgias del Imbat: poesía reunida, de Denise León. Una voz que renueva y enriquece la lírica de Tucumán. También acerca la memoria a sus versos y escucha en las palabras para rescatar su sonoridad y establecer un diálogo con su historia, que es un poco de muchas otras historias.


¿Cómo te imaginás la vejez?


Quisiera ser un viejo sabio. Me imagino una vejez en paz, con esa tranquilidad que deben sentir los que vivieron todo lo que les tocó vivir.


¿De qué siglo sos?


Sin lugar a dudas, de este, pero con un poco de otros.


Así escribe


Laudes
Es otro monasterio
donde cada rincón se abre al alma,
donde cada monje,
de tanta sed rezada,
amanece con denarios de playas.


Donde cada oración
parece el mismo pan
lloviéndose al hambre.


He abierto la boca
como si fuera grito
de mi intemperie
para salirme a la piel
con un llanto amanecido.


Pero ya se ha rezado Laudes,
y me ha quedado
otra vez ese vacío
de un espera renovada.


Sobre el autor


Sergio Gabriel Lizárraga nació en Tucumán en 1975. Se graduó como profesor en Letras en la Universidad Nacional de Tucumán. Realizó estudios de posgrado en Ciencias Sociales —con mención en lectura, escritura y educación— y en psicoanálisis y prácticas socio-educativas en FLACSO Buenos Aires. Obtuvo las becas de la Società Dante Alighieri de Roma, Fulbright-Nación y de investigación del INFD. Recibió premios y menciones en cuento y poesía a nivel internacional, nacional, regional y provincial. Participó en diversas antologías y cuenta con publicaciones en el país y el exterior. Es autor de la obras Poemas de Lodebar, En tajos a la sed, Panes mojados y Todavía hijo.


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