El viernes 5 de junio, Carlos "Indio" Solari dejó este plano existencial. A su despedida en el Polideportivo Gatica de Villa Domínico asistieron más de un millón de personas.
Ya pasaron seis días y recién me animo (y no del todo) a darle forma a este texto. Intentar reflexionar sobre la vida, obra, muerte y legado del Indio tipeando caracteres es una misión casi imposible. Sobre todo cuando uno abre cualquier plataforma o red social y el algoritmo sigue mostrando imágenes de lo que fue su histórica ceremonia de despedida, o archivos y registros inéditos que empiezan a ver la luz y a tomar nuevos significados.
Y, por encima de todo, es difícil cuando la obra de este artista atravesó la vida de quien escribe y de cientos de miles de personas a lo largo y a lo ancho de este bendito país (país que recorrimos para seguirlo a él a lo largo de décadas). Una de las frases que más escuché el fin de semana fue: “Se muere un pedazo de mi vida…”. Y sí, casi todos lo sentimos de esa manera: como la muerte de un padre, de un mentor, de un tipo que nos habló de una manera sencilla y que nos enseñó que debíamos cuidar nuestro estado de ánimo, exponer nuestra vida a las emociones y cuidarnos entre nosotros.
Más de un millón de personas peregrinaron para darle la despedida al Indio. Lo hicieron con mucha tristeza, pero también con mucha alegría, con sus canciones, las banderas de sus corazones y, sobre todo, con mucho amor y respeto. No hubo policías y no hubo incidentes. (Al contrario de lo que pasó en las convocatorias espontáneas en Plaza de Mayo, el Obelisco y Plaza San Martín en Tucumán, donde la policía se hizo presente y reprimió a gente que solo estaba procesando un duelo). Hubo una fila de más de ocho kilómetros y personas de todos los barrios del país atravesadas por el mismo sentimiento; no hay ni una sola frase de las canciones de Los Redondos o del Indio que no nos haya interpelado en alguna situación o momento de nuestras vidas.
Finalmente, al Indio la muerte lo encontró vivo, como él quería. Dejó encendido el equipo Marshall de su guitarra y el sistema de sonido donde escuchaba las canciones en las que trabajaba. Su música seguirá sonando —y seguramente nos seguirá dando alegrías e incluso sorprendiéndonos con material inédito— en todos los barrios del país. Porque esto es algo muy nuestro, muy argentino (inentendible en cualquier otro lugar del mundo, como tantos fenómenos nuestros), y sin dudas seguirá marcando a las nuevas generaciones.
Se fue de este plano el artista más grande de la cultura popular y de la contracultura; un héroe y antihéroe, un artista que con su obra y sensibilidad creó un universo propio y nuestro.




