"LES DIGO A LOS PRESOS: SUEÑEN, NO SEAN CAGONES"

 

La periodista se acuerda de la primera biblioteca de pino que su mamá la ayudó a barnizar ya en la facultad. Foto: Victoria Gesualdi

Ana Sicilia, creadora de #Libroenlospabellones. A los 34 años, la periodista y modelo publicitaria lleva repartidos 4500 libros en unidades penitenciarias de todo el País. En su casa no había ninguno porque tuvo una vida llena de carencias: parte de una historia de superación que transmite a los internos: "no sean cagones, sueñen" les dice.  

Por Romina Calderaro

"No sean cagones, sueñen"La frase es un caballito de batalla con el que Ana Sicilia, “Anita” para los muchos que la quieren, "zamarrea" a los presos cuando va a las cárceles a dar talleres de escritura en los que, además, los hace leer.

Para entender en toda su dimensión la escena hay que imaginarse a una piba hermosa de 34 años, bien vestida y perfumada, que logró ganarse el respeto de los internos y la confianza suficiente para darles consejos en base a dos pilares: contarles su propia historia de carestía y conseguir que tengan bibliotecas en los pabellones.

"El frío te quema por todas partes"

Anita es hija de una ama de casa y un obrero metalúrgico. Nació y pasó su infancia en Burzaco. No pasó hambre, pero sí otras carencias. Muchas. Dice que cuando sos pobre, el frío “te quema por todas partes”. Y cuando lo cuenta lo recuerda y llora. A pesar o porque con el tiempo logró construirse una vida feliz. O por ambas cosas.


En Chubut, Sicilia recorrió varias unidades penitenciarias con su proyecto. Foto: Acervo personal Sicilia.


En su casa no había libros y, como quería ser buena alumna, se iba en bicicleta a la biblioteca de Adrogué a hacer la tarea porque tampoco tenía computadora. Allí le pedía por favor a la bibliotecaria que la dejara quedarse hasta terminar, incluso si ya había llegado la hora del cierre de la biblioteca, porque no tenía plata para sacar fotocopias.

Sus primeros libros los compró con el sueldo que ganaba como moza mientras estudiaba Comunicación Social en la Universidad de Quilmes. 

Se recibió y fue la primera universitaria de la familia. Empezó a trabajar en medios y como modelo publicitaria, pero sentía que le faltaba algo.

Y ese algo lo encontró cuando su amigo Julián Maradeo la invitó a participar de los talleres de escritura a una cárcel.

Terminó coordinando varios talleres en distintos penales antes de la pandemia y armando bibliotecas en los pabellones de unas 50 cárceles del país. Lleva entregados alrededor de 4500 libros y va por más.

No sólo lo hace gratis: muchas veces pone plata de su bolsillo. Pero lejos de sentirlo como una carga, el proyecto la hace feliz y asegura que cuando va a la cárcel sale con tanta energía que podría “ir a recuperar las Malvinas”.


Una escena de contextos de encierro en Chaco, donde llegó con su proyecto. Foto: Victoria Gesualdi

Télam: En Twitter tenés fijada la foto de la biblioteca móvil a la que le pusieron tu nombre. ¿Cómo fue esa historia?

Ana Sicilia: Esa fue la tercera biblioteca que armé. Cuando publicamos las fotos de la primera biblioteca, el Ágora, en La Plata; un interno de otra unidad se ve que lo vio porque se fue corriendo la bola y me escribió para que hiciera una en la cárcel de La Matanza donde ellos estaban, la Unidad 43 de González Catán.

Fui a un acto al que me invitaron y me ofrecieron dar un taller de escritura porque no había. Y presenté un proyecto para hacerlo todos los miércoles. Les pregunté si pedía libros y me dijeron que sí. Conseguí 400. Ellos armaron en el taller de carpintería la biblioteca, la inauguramos dentro del pabellón con todo lo que eso significa. Lo que pasó es que el interno que me había contactado tuvo un problema en el pabellón y le dieron traslado dentro de la misma  unidad, pero al pabellón de máxima seguridad. Y pensé qué tenía que hacer y lo que le propuse fue armarle una biblioteca ahí. Dijo que no sabía si lo iban a dejar. Le dije que probáramos y logramos armar una biblioteca con rueditas. La sorpresa y el llanto para mí fue descubrir que le habían puesto mi nombre. 


T: ¿Te acordás de alguna historia que haya escrito un preso y te haya marcado?

A.S: Se me vienen muchas hojas a la cabeza, pero en la unidad 43 un chiquito nuevo se sumó a final de año. Tenía una mirada sobradora y yo le trataba de entrar desde la dulzura, así como cuando tengo que pegar el grito “si no leen, no vengo más” lo pego. Pero con él trataba de sacarle la postura rígida. Me acuerdo de que les di 20 minutos para que leyeran un libro y escribieran lo que les nacía. Y él había agarrado el libro de Mauro Federico Familia adicta, que Mauro me había dado hacía poco.


Contó que estaba detenido desde hacía un año y que en ese tiempo no había visto a la madre y que él sabía lo que era una familia adicta porque había pasado días enteros sin que su madre aparezca, saliendo a buscarla por todos lados sin un padre presente siendo un chico y la odisea que significaba. Por ahí en muchos casos se da al revés, los padres salen a buscar a sus hijos adictos. Y me dijo “qué otra cosa podía esperar que estar acá”.


Y yo pensaba “qué te digo, qué te digo”, además de ponerme a llorar. Y le dije que él podía revertir eso, que era difícil, pero no imposible. Que se lo propusiera para que su hijo el día de mañana no tuviera que hacer lo mismo que él.

Esas cosas se te quedan. “Tratá de no pasarle el “mono” a tu hijo”, le dije. (El “mono” son las pertenencias que acompañan a una persona privada de su libertad, pero en este caso se usa metafóricamente como legado de una historia). 
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Eso una vez lo escuché cuando fui a la unidad 47, que me acompañó Waldemar Cubillas y él contó que siempre dice eso: que no pasen el mono. Lo tomé y lo sumo cuando doy las charlas. “Pásenle un libro, pero no les pasen el mono a sus hijos porque vamos a seguir retroalimentando por los siglos de los siglos un sistema que no funciona y una caja que les sirve a unos pocos porque esa caja al pabellón no llega.

Y hay otra historia que siempre cuento. 
 

T: ¿Cuál?

A.S: Es la historia de uno de los internos que tuvo un problema en el pabellón. Lo mandaron, como se dice, “de gira”, consiguió ir a una unidad con universidad, que era lo que quería y me mandó un carnet diciendo que había llegado al pabellón universitario. En esos momentos siento que no todo está perdido.


Ana Sicilia dice que los libros y la meditación le salvaron la vida. Foto: Victoria Gesualdi  

T: Vi posteos tuyos en lo que te emocionás mucho cuando un interno decide seguir estudiando…

A.S: Pasa que por ahí estaban estudiando en una universidad y les dan el traslado y pasan uno o dos años sin poder estudiar porque en esa unidad no hay universidad, que es un gran problema;  a veces no alcanzan los cupos y en la gran mayoría de las unidades la universidad no llega.

No sé qué está pasando que siempre  hay un pero, ojalá que desde los claustros puedan acercarse porque la sociedad se tiene que acercar a las cárceles. A las cárceles les cuesta abrir los candaditos, pero si la sociedad se acerca no queda otra.

En vez de ir a golpear cacerolas para pedir seguridad, que se hizo durante décadas y no funciona, hay que ir adonde las cosas no funcionan. Hay instituciones que no funcionan desde hace décadas. 

Que se pudran en la cárcel

T: ¿Y qué sentís con el famoso “que se pudran en la cárcel” de la sociedad frente a cada delito que se visibiliza y genera ruido mediático?

A.S: Me sonrío. Porque una persona que, supongamos, tiene una condena de 40 años, a los 20 ya sale en libertad y no sabe ni usar una tarjeta SUBE ¿Por qué lo dejaríamos pudrirse en la cárcel si la justicia lo condenó 20 años y cumplió esa condena? Ahora, la persona sale y vuelve a cometer un delito. ¿El problema es de la persona o de la cárcel que en 20 años no hizo nada para que esa persona no reincida?



Asegura que nota "cierta hipocresía" en el Servicio Penitenciario, que la recibe porque no le queda otra. Foto: Victoria Gesualdi

T: ¿Y en qué momentos sentís que la lectura le cambió la vida a una persona?

A.S: En muchos. Hay un interno que salió en libertad y que iba a mis talleres. Es uno de los que estaba una vez en la que me enojé porque no leían y le gritaba “acá no lee nadie, yo no vengo más”. Bueno, mientras él me veía enojada, transformándome en un monstruo, me escribió una carta de dos horas pidiéndome por favor que siguiera yendo. Era uno al que no le gustaba especialmente leer. 


Tiempo después me escribió que estaba haciendo limpieza de piletas, que se quería comprar sus propias herramientas para armarse su empresita, que estaba viviendo en una pieza que le había prestado un amigo, que tenía ganas de mudarse.

Mes a mes me fue contando cómo fue atravesando el proceso porque te sacan de un nave y es aprender a vivir de nuevo.

Yo no digo que leer convierta a todos en poetas o periodistas, pero te ayuda a ir por otro lado.

Un hombre de 45 años salió en libertad y me escribió para contarme que había cobrado su primer sueldo, que cobraba por quincena y que tenía tarjeta de débito. Y yo me pongo a llorar (se quiebra) 45 años.

Yo no sé si le cambiás la vida a alguien, pero por lo menos lo intento. A mí los libros me salvaron la vida.

T: ¿Por qué fueron tan importantes?

A.S:En mi casa no había biblioteca ni libros y en las casas de mis amiguitas del barrio tampoco. Mi mamá es comerciante y ama de casa, mi papá obrero metalúrgico Me gustaba hasta el mueble, era como una cosa imposible, pero no era tan así. En los 90, para la hija de un obrero metalúrgico y una comerciante parecía todo lejano. 

Creo en la justicia social. Y creo porque siento que lo viví y lo estoy atravesando (llora). Nunca me imaginé en la universidad, pude llegar a la Universidad Pública, estudié comunicación social en la Universidad de Quilmes. Fui la primera universitaria en la familia. Sigo trabajando en los medios hace 9 años, nueve años transitando eso. No todos tienen ese privilegio habiendo estudiado.

T: ¿Qué libros te cambiaron a vos?

A.S: En esta etapa me gusta Emmanuel Carrere, pero siento que cada libro que puedo tener y terminar es una victoria porque escaseó mucho. Yo iba a estudiar a una biblioteca pública, la biblioteca de Adrogué.

T: Es decir que tuviste carencias…

A.S: Todas.No pasé hambre, pero a mí el frío no me gusta; porque cuando sos pobre, el frío te quema por todas partes. Hoy, uno atraviesa otras cosas y lo valora. Siempre que me critican los que no son friolentos les digo que es porque no fueron pobres. Yo vivía en Burzaco y me iba en bicicleta a la biblioteca de Adrogué porque tenía más libros que la de Burzaco y ahí hacía la tarea porque no tenía computadora. Y estaba hasta las 6 y le decía a la bibliotecaria y le decía que me bancara un ratito. Me decía “sacá fotocopias” y yo le decía que no tenía plata para sacar fotocopias. Y escribía rápido.

Además, me gustaba tener buen promedio. Poder comprarme mi primera biblioteca de pino y barnizarla con mi mamá, poder ir comprándome los primeros libros para la universidad... era maravilloso. Había empezado a trabajar de moza y con mi sueldo de moza me compraba mis libros. 

T ¿Te perjudicó alguna vez haber sido linda?

A.S: En la Universidad lo sentí a veces  con algún que otro comentario machirulo de algún profesor o profesoras también. Y después en los medios, porque imaginate: 23 años empezando a hacer tele y es como “la pibita hegemónica” que encima levanta la bandera de la justicia social.

"Los libros me salvaron la vida"

T: Se suele decir que siempre que haya un libro, una persona no va a estar sola. ¿Vos sentís eso?

A.S: Sí porque además no quiero ahondar ahí, pero he tenido momentos muy tristes de los que me costó mucho salir, donde mi medicina fueron los libros y me salvaron la vida literalmente. Mi vida es muy linda, pero podría no haber sido así y por eso insisto en los pabellones en que tengan sueños los internos.

Parece una pavada y los jodo, les digo, “yo sé que ustedes piensan ´esta tarada acá parada en el pabellón, con su ropita y su perfumito diciéndome desde qué pedestal que soñemos´”, pero cuando les cuento un poco de dónde viene esta pelotuda que se animó a soñar, y a soñar en grande, les digo: “miren si se cumple”.

También les digo que la vida no es para cagones y que hay que ponerles el pecho a las balas y uso mucho a Lula. Tengo como una especie de charla Ted que dura unos 50 minutos en la que les vuelo la cabeza yendo al tema de los sueños y lo comparo con mi papá.

Ana usa a Lula para hacer una especie de charla Ted en la que comparara los sueños del ex presidente de Brasil con los de su padre.

T: ¿Cómo es eso?

A.S: Mi papá es obrero metalúrgico y cumplió 60 años. Estoy orgullosa de él, hace más de 40 años que se levanta todos los días a las 5 de la mañana. Y sigue laburando en la misma fábrica. Lula, obrero metalúrgico, camionero,  a los dos los admiro. Pero Lula soñó en grande y salieron del mismo lugar, cada uno con su adversidad.


Lula se convirtió en uno de los más gloriosos gremialistas de su país y después fue presidente y  llevó al país  a ser sexta potencia mundial. Si mi viejo hubiese soñado por ahí yo hoy sería hija de un obrero metalúrgico presidente. Les digo: “no sean cagones, sueñen”. Los zamarreo un poco. También les cuento historias acerca de aquellos a los que el libro les cambió la vida y no reincidieron.

Porque la verdad es que hay una desidia y una desolación en las cárceles contra la que es difícil luchar.

T: ¿Y cómo hacés para soportarlo? No debe ser fácil entrar y salir con esa carga de la cárcel.

A.S: Medito. Entre los libros y la meditación me salvé la vida. Hace más de 5 años que medito. Y si no estoy en mi eje no puedo entrar. De hecho, a veces los he hecho meditar a mis alumnos porque algunos estaban o con la energía muy baja y otros muy arriba. ¡Tenía un kilombo de energía ahí adentro! Y tenés que entrar muy arriba;  si no,  te filtran. Todos me dicen que la cárcel es un lugar oscuro. Yo de la cárcel salgo para ir a la recuperar las Malvinas porque siento que mi alma está encastrada ahí.

T: ¿Cómo reciben las autoridades carcelarias tu trabajo?

A.S: Siento que hay cierta hipocresía, que no les queda otra que recibir y abrir las puertas, pero en el fondo, aunque no quiero generalizar, hay cierta idiosincrasia de “esto funciona así y va a seguir funcionando así siempre”. Y sabemos que no funciona. Porque si más del 95 por ciento de los que estudian no reinciden. ¿Por qué no estudian todos?
¿Por qué el libro molesta tanto? Yo insisto en que el libro quede en el pabellón, no en la biblioteca. Si hay falopa y hay faca que esté el libro también.

Dice Anita, que es soñadora en grande y no se conforma con ese tríptico; sigue luchando para que cada vez más presos puedan elegir otro camino a través de la lectura, volantear su vida como hizo ella.

Fuente: Telam

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