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Descubre por qué los “ya no vuelvo a beber” son casi siempre mentira

Descubre por qué los “ya no vuelvo a beber” son casi siempre mentira.



Aunque beber alcohol causa muchos efectos secundarios, finalmente se olvidan y solo se recuerda la sensación placentera. Estos científicos han explicado el porqué.

“¡Ya no voy a beber nunca más!”. Sin duda, esta frase, pronunciada a menudo durante un día de resaca o después de pasar una mala noche por culpa de unas copas de más, es una de las grandes mentiras con las que los seres humanos tratamos de autoconvencernos para llevar una vida más sana. Sin embargo, apenas pasan los síntomas se genera una especie de amnesia selectiva que borra todos los malos recuerdos asociados a las resacas, pero potencia la memoria relacionada con el placer generado por el consumo de alcohol.

Este fenómeno es muy común y en muchas ocasiones puede conducir al desarrollo de adicciones, ya sea al alcohol o a otras drogas de abuso, tales como los opiáceos, la cocaína o la metanfetamina. Por eso, investigadores de la Universidad de Brown acaban de publicar en Neuron un estudio en el que analizan cómo se produce este fenómeno en el cerebro, con el fin de localizar los mecanismos implicados y modificarlos, para evitar que las personas adictas (y también las que no lo son) dejen de olvidarse de los perjuicios que tantas veces les ha causado el alcohol.


La mosca de la fruta, el animal alcohólico perfecto

La mosca de la fruta es un animal muy usado en investigación, en una amplísima variedad de ramas de la ciencia. Por ejemplo, son muy útiles en el campo de las neurociencias, principalmente por tres razones: por un lado, tienen 100.000 neuronas, mientras que los seres humanos tenemos 100.000 millones, por lo que se puede trabajar a una menor escala, haciendo mucho más sencillos los cálculos y procedimientos. Por otro lado, los investigadores han desarrollado técnicas que permiten manipular su actividad neuronal al estudiar procesos concretos. Finalmente, sus señales cerebrales implicadas en los recuerdos de recompensa y evitación son muy similares a las humanas.

Por todo esto, Karla Kaun, investigadora principal del estudio, y su equipo optaron por tomar estas moscas como organismo modelo.

Cuando el alcohol engaña al cerebro

Al analizar la vía de señalización activada tras el consumo de alcohol, localizaron que uno de los genes que intervienen en ella es el del receptor de dopamina-2, que codifica para una proteína de las neuronas a la que se une el neurotransmisor dopamina, asociado a la sensación de bienestar. Esta sustancia está altamente implicada en los sistemas de recompensa y las adicciones, ya que su acción genera placer, que a su vez crea la necesidad de consumir más la sustancia adictiva, para obtener más dopamina.

Además, está relacionada en el recuerdo de las sensaciones agradables, pero también en el de las aversivas. Lo curioso es que tras el consumo de alcohol no se potencie la memorización de efectos secundarios como las náuseas, el dolor de cabeza o la falta de equilibrio, pero sí la sensación de algarabía y bienestar que genera a corto plazo.

Como finalmente han descubierto estos científicos, la respuesta en la modificación de la proteína es muy pequeña, ya que se activó una versión distinta del gen que cambiaba en una sola "letra", correspondiente a un aminoácido en una zona importante. Las conocidas como secuencias de ADN están compuestas por letras, correspondientes a las bases nitrogenadas de los nucleótidos: adenina (A), timina (T), citosina (C) o guanina (G). A partir de este conjunto de letras se forma una especie de molde, conocido como ARN mensajero, que después sirve como código para que se vayan seleccionando los diferentes aminoácidos que van uniéndose para dar lugar a las proteínas. Por lo tanto, si se cambia una sola letra del gen no se obtendrá la proteína deseada, con su función habitual. Por eso, al comprobar que tras el consumo de alcohol se activaba esa versión con una letra distinta se comprende que el receptor de dopamina no actúe como debería.

Por el momento este proceso solo se ha estudiado en moscas y con el consumo de alcohol. Por eso, el siguiente paso del equipo de Karla Kaun será tratar de reproducirlo en otras sustancias, como los opiáceos, y también en otras especies. De hecho, si pudiese extrapolarse a humanos, bastaría con una sola copa para generar estos efectos, aunque todo volvería a la normalidad antes que en alguien que ha tomado una cantidad de alcohol más alta. Y es que, como ya está más que comprobado por muchísimas razones, la única cantidad de alcohol que debemos beber es ninguna. Si hacemos lo contrario será por nuestra propia responsabilidad, pero no porque lo diga la ciencia.





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